Pablo se asomó a ver expiar el verano en la calle San Telmo. Era el día del equinoccio de otoño de 1966, y aunque las clases hubieran empezado hace semanas, Pablo tenía una inexplicable sensación de que aquella era la última tarde del estío. Y ése había sido uno muy duro. Su primo Jorge, al que estaba muy unido, se había ahogado en ese mismo lugar el año pasado por esas fechas. Entre su ausencia, y el miedo al mar que había adquirido, esos tres meses no fueron los que él habría elegido.
Al cabo de unos segundos, Pablo se giró y reparó en una chica que sería de su edad sentada en el muro a unos pocos metros de él. Tenía una melena entre castaña y naranja al viento, una tez relativamente clara. Llevaba un pañuelo atado a modo de diadema y unas gafas grandes que no ocultaban su mirada melancólica.
Pablo no acostumbraba a consolar a féminas desconocidas, pero en aquella ocasión no lo dudo.
-Bonito atardecer, ¿verdad?- No se le ocurrió nada más apropiado que decir.
Ella no se giró, ni siquiera aparentó la más mínima sorpresa por su presencia.
-Es el más bonito. Tal vez por las calmas de Septiembre, o por las mareas del equinoccio. Es simplemente distinto.- Hablaba un español muy fluido, aunque se adivinaba un acento germánico muy atractivo.
-De vacaciones, ¿no? ¿Te ha gustado Tenerife?
-Lo tengo un poco visto, son muchos veranos ya.
-Ah, eso es porque no conoces el Puerto de verdad, el que no tiene carta en cinco idiomas.- Dijo Pablo que había recuperado la confianza de repente.
- Ah, ¿Y tú me lo vas a enseñar? - Inquirió la turista que por fin se había girado en tono irónico, pero a la vez cariñoso- Pues bien, enséñame un sitio " typical spanish" de verdad.
Pablo llevó a la que resultó llamarse Astrid por el centro turistico del pueblo y le contó lo mismo que haría un guía turístico. Aun así, Astrid parecía divertise viendo a Pablo recordar nombres de calles. El paseo concluyó en el muelle de San Telmo pocos minutos antes de la puesta de sol.
- Me encanta este sitio,-dijo Astrid- ¿sueles venir aquí con tus amigos?
La evidente fingida inocencia de la alemana solo conseguía encantar a Pablo, quien contesta:
-Sí, venía todas las tardes hasta que... Bueno, hasta lo que ocurrió.- No vio la necesidad de explicarlo- Me dijo que había quedado con alguien para venir aquí. No era el día más apropiado para bañarse. De su acompañante no supimos nada. No me había atrevido a venir hasta hoy.
En ese momento el rayo verde iluminó sus ojos cerrados.
***
El resto de la tarde fue un poco igual, pasearon, hablaron sobre su futuro inmediato, sobre cuánto tiempo podía tardar una carta desde Tenerife a Hamburgo... Astrid se iba al día siguiente.
Pararon en una heladería y ella, al estilo europeo que a Pablo tanto disgustaba, se empeñó en invitar. En el momento que abrió el monedero para guardar la vuelta, éste se le escapó y se precipitó con el consiguiente derrame de monedas. Además de las monedas apareció una tira de fotos. El canario intuyendo que sería la que se habían sacado en el fotomatón apenas minutos antes la recoge. Pero para su sorpresa solo aparece él en la última. En cada una de ellas se podía ver a Astrid con un chico distinto. Y en la de 1965 salía Jorge.