"Cualquiera puede simpatizar con las penas de un amigo, simpatizar con sus éxitos requiere una naturaleza delicadísima." Oscar Wilde

lunes, 25 de abril de 2011

RimaIII (Oda a todos y a nadie)


Ahora que ya no estás;
¿Con quién veré las estrellas,
esperaré al rayo verde,
y retaré a las mareas?

Ahora sin ti no tengo,
con quien hablar sin tabúes,
charlar sin abrir los labios,
de aquellos ojos azules.

Al igual que tú se van
las tardes viendo la lluvia,
las cartas y quien las lee,
y quedan fotos y música.


jueves, 21 de abril de 2011

Rima II

Dos palabras, tres sonidos ,
entrecortados valdrían,
para ganarme tus pelo
o perder tu sonrisa.
Y no podrían mis ojos
derretirse en tus pupilas,
 yo no quiero una respuesta,
solo enrojecer tus mejillas.


viernes, 8 de abril de 2011

Pido el perdón y la palabra

Tres entradas que saben a sacarina. Ya me dan algunas hasta vergüenza. Siento la necesidad de saltarme uno de mis juramentos, el que me prohíbe escribir dos entradas en menos de 48 horas. Es horrible la sensación de escribir por escribir, aún peor la de haberme vendido.
 Quiero volver a esas entradas que solo me gustaron a mí. Es más, quiero explicar por qué Lamark tenía razón, demostrar que Fernando de Rojas escribió el Lazarillo y contarles por qué The BeaTles es el mejor grupo del mundo mundial. También quiero hablar de ti, a quien ya llaman "La chica de Ipanema" pero de forma más sutil y metafórica e incluso en verso, como antes. Que solo yo me entienda. Quiero publicar "El Archipícaro de Toledo" Quiero volver a la agridulce crítica social, a la filosofía popular, a las páginas de frikipedia.
 Sé que ya había hecho promesas similares y que probablemente nunca les hable de la prueba de los pececitos trasparentes pero déjenme intentarlo una vez más.

Dos segundos, treinta pulsaciones.

Seis de la tarde, hora exacta en la que ella sale de sus clases de bailes. Él lo hace todo para estar ahí, para encontrársela por casualidad, para hablar del día tan bonito que hace, de lo difíciles que deben ser las clases, de lo mal que le va al Madrid, de lo guapa que había venido ese día, miento, de eso no.
Todo el día pensando en unos dos segundos, unos segundos en los que no pasaba nada, unos segundos en los que lo pasaba todo.

lunes, 4 de abril de 2011

La puesta de sol en San telmo. Parte I

Pablo se asomó a ver expiar el verano en la calle San Telmo. Era el día del equinoccio de otoño de 1966, y aunque las clases hubieran empezado hace semanas, Pablo tenía una inexplicable sensación de que aquella era la última tarde del estío. Y ése había sido uno muy duro. Su primo Jorge, al que estaba muy unido, se había ahogado en ese mismo lugar el año pasado por esas fechas. Entre su ausencia, y el miedo al mar que había adquirido, esos tres meses no fueron los que él habría elegido.
Al cabo de unos segundos, Pablo se giró y reparó en una chica que sería de su edad sentada en el muro a unos pocos metros de él. Tenía una melena entre castaña y naranja al viento, una tez relativamente clara. Llevaba un pañuelo atado a modo de diadema y unas gafas grandes que no ocultaban su mirada melancólica.
Pablo no acostumbraba a consolar a féminas desconocidas, pero en aquella ocasión no lo dudo.
-Bonito atardecer, ¿verdad?- No se le ocurrió nada más apropiado que decir.
Ella no se giró, ni siquiera aparentó la más mínima sorpresa por su presencia.
-Es el más bonito. Tal vez por las calmas de Septiembre, o por las mareas del equinoccio. Es simplemente distinto.- Hablaba un español muy fluido, aunque se adivinaba un acento germánico muy atractivo.
-De vacaciones, ¿no? ¿Te ha gustado Tenerife?
-Lo tengo un poco visto, son muchos veranos ya.
-Ah, eso es porque no conoces el Puerto de verdad, el que no tiene carta en cinco idiomas.- Dijo Pablo que había recuperado la confianza de repente.
- Ah, ¿Y tú me lo vas a enseñar? - Inquirió la turista que por fin se había girado en tono irónico, pero a la vez cariñoso- Pues bien, enséñame un sitio " typical spanish" de verdad.
Pablo llevó a la que resultó llamarse Astrid por el centro turistico del pueblo y le contó lo mismo que haría un guía turístico. Aun así, Astrid parecía divertise viendo a Pablo recordar nombres de calles. El paseo concluyó  en el muelle de San Telmo pocos minutos antes de la puesta de sol.
- Me encanta este sitio,-dijo Astrid- ¿sueles venir aquí con tus amigos?
La evidente fingida inocencia de la alemana solo conseguía encantar a Pablo, quien contesta:
-Sí, venía todas las tardes hasta que... Bueno, hasta lo que ocurrió.- No vio la necesidad de explicarlo- Me dijo que había quedado con alguien para venir aquí. No era el día más apropiado para bañarse. De su acompañante no supimos nada. No me había atrevido a venir hasta hoy.
En ese momento el rayo verde iluminó sus ojos cerrados.
                                                                                   ***
El resto de la tarde fue un poco igual, pasearon, hablaron sobre su futuro inmediato, sobre cuánto tiempo podía tardar una carta desde Tenerife a Hamburgo... Astrid se iba al día siguiente.
Pararon en una heladería y ella, al estilo europeo que a Pablo tanto disgustaba, se empeñó en invitar. En el momento que abrió el monedero para guardar la vuelta, éste se le escapó y se precipitó con el consiguiente derrame de monedas. Además de las monedas apareció una tira de fotos. El canario intuyendo que sería la que se habían sacado en el fotomatón apenas minutos antes la recoge. Pero para su sorpresa solo aparece él en la última. En cada una de ellas se podía ver a Astrid con un chico distinto. Y en la de 1965 salía Jorge.