Oigo mi corazón bombear en sincronía con los del resto de los presentes en perfecta armonía solo interrumpida por el ruido de lejanos tambores y gritos de guerra.
Espero que se acerque el enemigo enarbolando un estandarte que no me inspira nada. Mi nación quedó tan lejos como mi mujer. Ahora solo estamos mi vida y yo. Las conquistas de unos pocos ricos no me satisfarán en absoluto. Y los indígenas tampoco me han hecho nada, ni a mí ni a mi familia. Tampoco la promesa de civilizarlos me traen a estos bosques infinitos. Ni siquiera las deudas que me obligaron a alistarme me preocupan ya. Solo pienso en sobrevivir.
Se asoma el primer enemigo entre los árboles y el miedo puede conmigo. Siento la necesidad de huir, de romper la formación tortuga, de correr y esconderme entre las rocas.
El salvaje embiste la formación y la batalla comienza. Entonces solo existen mi espada, las suyas y sus gargantas. Una lanza da a parar en el pecho de un chico de mi lado. Fue el mejor amigo de mi infancia, en Sagunto. Sus padres también le esperan en casa. Solo puedo alegrarme de que el proyectil no me matara a mí.
Continúa el intercambio de saetas, estocadas y gemidos de dolor hasta que es abatido el último vascón. Buscamos a los supervivientes y los rematamos. Ahora solo nos queda vengarnos del crimen de atacarnos; de defender sus tierras, sus casas, sus mujeres y sus hijos. Y lo haremos robandoselas quemandoselas, abusando de ellas y exclavizandolos respectivamente por la gloria de la República.
¡Roma victis!